- El correo electrónico. ¿Cuántas veces lo controlas cada hora? ¿Acaso no sabes que puedes temporalizar la recepción de nuevos mensajes?
- El teléfono. Haz lista VIP de llamadas que puedes recibir. El resto, a la cola.
- El espacio abierto. Hazte un “despacho de trabajo” mental en tu espacio: escritorio, bandejas de documentos y pantalla del ordenador. Ordénalo según prioridades o necesidades de cada tarea.
- Tu mesa. ¡Por orden, aaaaar! ¿Cuánto tiempo inútil pierdes buscando la documentación que necesitas?
- Tu selección musical. No te tienes que aprender las letras, así que dedícate a escuchar. Los auriculares puestos son un ahuyentador para aquellos compañeros que pueden interrumpirte .
- La dispersión de objetos útiles. ¿Qué hace la carpeta del proyecto en el armario de la otra planta? No des paseos innecesarios y ten a mano todo lo que necesitas.
- El reloj. Todas las horas son iguales, y tú debes repartir tu carga de trabajo entre ellas. Es obvio que hay momentos en los que rendimos más que otros .
- Las dudas. Trabajar con ideas vagas te obligará, seguramente, a repetir parte de tu trabajo. Pregunta todo lo que necesites antes de empezar, sin vergüenza.
- Internet. La atracción por los enlaces, por navegar, nos lleva a nuevos mundos. Y nos aleja del universo “trabajo”. Cuando regresas, no sabes qué estabas intentando hacer.
- Las pausas. Es más que recomendable tomar un descanso cuando llevemos un buen rato dándole al coco. Pero no se trata de parar dos horas por cada dos horas de trabajo, sino lo necesario para desconectar y volver listo para empezar de nuevo.
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